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De fiesta ‘after’ en Viernes Santo

La Vanguardia

 El lector ha desconectado en Semana Santa y lo celebro. ¿Han estirado las piernas? ¿Han respirado aire del mar o de las montañas –¡a ver cuándo las asfaltan!–. ¿Enfilan Sant Jordi más enamorados que nunca?

¡Qué vida se pega el lector!

Uno, divorciado, urbanita y callejero, vive sobre la marcha y para marcha la de El Row en Viernes Santo, carretera de Esplugues, afterhours, más de dos mil personas que a partir de las once de la mañana y hasta medianoche se vinieron arriba.

El Row no es Bocaccio, ni el Up&Down ni Luz de Gas. Es lo que hay: unas naves de estructura metálica donde ni la música ni la gente se dan tregua, con 350 empleados –para que se hagan una idea– y una fauna menos homogénea de lo que uno –que frecuenta poco El Row– imaginaba.

Yo les recomiendo la zona vip porque la barra es libre y basta con clavar las zapatillas en la arena y –esto me preocupaba mucho– fingir que todos los viernes santos ha estado de fiesta a media tarde después de encomendarse por la mañana al Cristo de Lepanto en la catedral barcelonesa.

Al cabo de una hora, a eso de las siete, ya me sentía mimetizado y camaleónico tras firmar el armisticio con la música –gentileza del ron cubano añejo–. Eran las siete y no de la mañana, y allí daba igual ocho que ochenta. De vez en cuando caían del cielo miles de confetis y a cada minuto hacía amigos y amigas sin despeinarme. ¡Qué gente más sociable!

Al parecer, las fiestas de El Row son una franquicia de éxito y las hay en Las Vegas, Eivissa o Alemania.

–Hemos venido de Alemania y esta es mejor que la de Eivissa.

Le di toda la razón a la vecina alemana que no paraba de moverse ni a tiros aunque a esas horas y clavado como Manolete ya había descubierto el truco: dártelas de ausente –un poco en plan Pablo Neruda– y de no ser uno de esos hombres que van pidiendo los números de móvil.

–¿Has visto a Juan?

–Se acaba de ir...

Yo no tenía ni idea de quién era Juan, pero supuse que, estando en la zona vip, debía conocer a Juan, a Pedro y a todas las gogós que aportaban un toque berlusconiano.

–¿Y a quién votará esta gente?

Eso me preguntaba antes de olvidarme del tiempo, el espacio y la sensación de movimiento estático. Me fijé mucho en un grupo de chicas pijas: las Teresas del 2019, cuyas tardes no son últimas pero sí muy engañosas.

–¿Qué habéis hecho?

–Tomar algo y hablar. Me voy a dormir, estoy reventada.

Imaginé un breve y protocolario diálogo con unos padres burgueses al entrar en casa antes de las once de la noche. Mejor. Todos contentos.

Acanallado, camaleónico y sin tabaco –lo di todo–, caí en la cuenta en el taxi a Barcelona: ¡he olvidado el sexo, las drogas y el rock and roll!